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El valor de la soltería

  • Foto del escritor: Daisy
    Daisy
  • hace 5 días
  • 5 min de lectura

Hablar de soltería no siempre es fácil. Muchas veces viene acompañada de ansiedad, presión social, comparaciones o incluso una sensación de vacío. Pareciera que vivimos en una cultura donde estar en una relación se ha transformado casi en una medida de valor personal, y por eso muchas personas atraviesan esta etapa con angustia o frustración.


En nuestro caso -mi esposo y yo-, la soltería también fue parte importante de nuestro proceso con Dios. Antes de conocernos, ambos vivimos tiempos donde el Señor trató profundamente nuestro corazón respecto a este tema, y mirando hacia atrás, podemos ver cómo Dios usó incluso esos años para acercarnos más a Él.


De esto hablamos en mi último capítulo del podcast, llamado "el verdadero valor de la soltería". Y es de lo cual, te contaré un poco en este artículo.


La ansiedad de sentir que “falta algo”


Muchas veces la soltería empieza a afectar la identidad. Tanto hombres como mujeres pueden llegar a sentir que no son suficientes por no estar con alguien. En el caso de las mujeres, esto puede verse reflejado en inseguridades respecto a la apariencia, el valor personal o el miedo a quedarse solas. En los hombres, también aparece la idea de que no están completos si no tienen una relación.


Con el tiempo, esa presión externa puede convertirse en una presión interna. Empiezan las preguntas: “¿Por qué no ha llegado nadie?”, “¿Estoy haciendo algo mal?”, “¿Y si nunca pasa?”.

Y muchas veces, para llenar esa ansiedad, las personas terminan entrando en relaciones incorrectas, forzando vínculos o buscando validación en lugares donde nunca la van a encontrar.

Pero el problema de fondo no es la soltería. El problema es cuando comenzamos a creer que necesitamos algo más aparte de Cristo para estar completos.

Vivimos en una sociedad que constantemente pone las relaciones románticas en un pedestal. Desde pequeños crecemos rodeados de películas de amor, princesas que encuentran a sus príncipes e historias donde el “final feliz” siempre termina en pareja, y eso termina moldeando nuestras expectativas y poniendo en nosotros la falsa idea de que ese es el éxito.


Por eso, cuando pasan los años y seguimos solteros, muchas veces aparece la sensación de que estamos atrasados o incompletos, o que algo malo está en nosotros. Sin embargo, aunque el matrimonio tiene valor y es un regalo de Dios, no tiene un valor superior a nuestra relación con Dios, e incluso, no tiene más valor que la misma soltería.


Dios diseñó el matrimonio y le dio un propósito hermoso, incluso reflejando el amor de Cristo por la Iglesia. Pero cuando el corazón humano empieza a idolatrar el matrimonio o las relaciones, termina poniéndolas en un lugar que no corresponde. Y ahí es donde nace gran parte de la ansiedad.


Aunque muchas veces pareciera un tiempo vacío o una etapa de espera interminable, el Señor usa esos años para formar carácter, enseñar dominio propio y profundizar nuestra relación con Él.

Así como un padre no le entrega a un niño algo que todavía no está preparado para sostener, Dios también conoce los tiempos correctos para cada cosa.


El matrimonio es hermoso, pero también implica responsabilidad, entrega y madurez. Y muchas veces el Señor usa la soltería precisamente para prepararnos.


Todo tiempo dado por el Señor tiene un propósito en nuestras vidas. Dios es soberano y "envía los buenos y los malos tiempos" (Isaías 45:7), por lo que si estamos en el tiempo de soltería, estambién porque Dios lo ha designado de esa manera.


soltero

1 Corintios 7 y el valor de la soltería


Gran parte de la reflexión del capítulo estuvo basada en 1 Corintios 7, probablemente el pasaje más importante del Nuevo Testamento respecto a la soltería y el matrimonio.


En esta carta, Pablo responde preguntas que los mismos corintios le habían hecho sobre estos temas. Y algo que llama profundamente la atención es que Pablo pone en valor la soltería de una manera muy distinta a como normalmente se ve hoy.


Pablo dice que al hombre “le sería bueno no tocar mujer”, pero inmediatamente explica que, a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su esposa y cada una su marido. Es decir, Pablo no desprecia el matrimonio, pero sí enfatiza profundamente la pureza y la devoción al Señor.


A lo largo del capítulo, el apostol muestra que tanto en la soltería como en el matrimonio existe un llamado a vivir en pureza y a guardar el corazón delante de Dios.


También explica que algunas personas tienen el don de continencia, es decir, la capacidad de permanecer solteros sin estar dominados por el deseo de casarse. Y para quienes tienen ese don, Pablo incluso recomienda permanecer solteros para poder enfocarse más plenamente en el Señor.

Pero también aclara que si una persona no tiene ese don, el matrimonio es una vía legítima y buena dada por Dios.


Este pasaje es un regalo de Dios para los solteros. En el, Pablo reivindica el valor de la soltería en una época donde muchas veces era vista casi como una desgracia. A tarvés de su carta e indicación nos muestra que la soltería no es una condición inferior, ni un castigo, ni una etapa inútil. Puede ser temporal mientras llega el tiempo correcto para el matrimonio, pero también puede ser una vocación válida para quienes han recibido ese don, así como lo era para él mismo.


Y aun cuando la soltería sea temporal, sigue siendo un regalo de Dios.

Porque la soltería entrega algo muy valioso: tiempo, energía y enfoque para buscar al Señor de una manera distinta. Permite que los afectos de nuestros corazones estén completamente volcados a Dios, y que Él sea nuestro mayor deseo y amor. Además de ser una profunda temprada de trabajo, y ejercicio en la piedad.


Vivimos rodeados de estímulos constantes: pornografía, relaciones superficiales, idealización romántica, contenido erótico, cultura del dating y muchas otras cosas que terminan afectando la pureza del corazón y la mente. Todas esas tentaciones rodean no solo a los solteros, sino que incluso a los matrimonios.


Por eso es que es muy importante entender que el dominio propio -no adulterar- no comienza en el matrimonio. Sino que se trabaja en la soltería. Si una persona no aprende a rendir sus deseos al Señor durante ese tiempo, el matrimonio tampoco resolverá automáticamente esas luchas.


Por eso Pablo constantemente vuelve al mismo punto: la prioridad es la devoción al Señor.


Soltar la idolatría


Uno de los momentos más importantes del proceso personal fue llegar al punto de poder decirle al Señor: “Si quieres que me quede soltera, está bien. Tú eres suficiente para mí”.


Y aunque pueda sonar simple, llegar a ese lugar implica un gran recorrido espiritual. Implica soltar la ansiedad, las expectativas y la idealización del matrimonio para poner todo a los pies de Dios.


Porque muchas veces el problema no es el deseo de casarse, sino cuando ese deseo se arraiga en nuestros corazones como ídolo al que servimos. Cuando el matrimonio deja de ser un regalo y se convierte en una necesidad absoluta para sentirnos completos, es ahí que el corazón empieza a reemplazar a Dios. Pero cuando logramos rendir incluso eso delante del Señor, llega el descanso y el verdadero disfrutar y satisfacción del tiempo que Dios nos ha dado.


Tanto la soltería como el matrimonio son regalos de gracia de Dios. Cada etapa tiene desafíos distintos, enseñanzas distintas y formas distintas de acercarnos al Señor. La soltería no debe vivirse desde la queja, así como el matrimonio tampoco debería vivirse desde la ingratitud. Cada temporada tiene propósito. Y al final, el llamado sigue siendo el mismo: que ya sea en soltería, en una relación o en el matrimonio, nuestra vida apunte a Cristo y nos acerque más a Él.


Porque nuestra identidad nunca ha estado en nuestro estado civil. Nuestra identidad está en que somos completos en Cristo.

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